miércoles, agosto 04, 2010

Sangre


Todo vuelve a ser exactamente lo mismo. Cada día, es una cópia exacta del anterior. Caminaba por la calle con su cara de ''no hay muchas cosas que me sorprendan'', evidentemente, tan solo era una máscara guay que ocultaba la verdadera cara de ''no soy nada feliz''. Era una persona que se mostraba segura ante los demás, e incluso pecaba de soberbia, cada dos por tres, ocultando su inseguridad por el mero hecho de no sentir que ese ''todo vuelve a ser exactamente lo mismo y cada día es una cópia del anterior'' le abandonaba, se desvanecía, y se quedaba solo viendo como todos le daban la espalda por mostrarse como realmente era. Pese a que en el fondo lo era, NO quería ser distinto. Con la cabeza alta, erguido, resaltando su metro ochenta de altura, haciéndose notar, caminaba de vuelta a casa. Sabía que no le gustaba su rutina, pero por nada del mundo renunciaría a ella, por la simple razón de que su rutina, a pesar de antojársele asquerosa, era lo único que tenía, puesto que era a lo que se había aferrado antes que ser tachado de bicho raro. A esas horas de la tarde, sobre las seis y pico, no había nadie en el piso donde el y su familia habitaban. Se aproximó al portal y sacó las llaves. Abrió la puerta que le impedía pasar y empezó a subir las escaleras, mirando fijamente el suelo, de color cobrizo con pigmentos blancos estampados, corrompiendo la pureza del primer color. El suelo se le antojaba entretenido mientras subía, le gustaba ese color y observar las distintas manchas colocadas casi por capricho de la naturaleza ( aunque hubieran sido procesadas por manos humanas seguían siendo piedras con un color pulido pero que aún conservaban algo de natural). Iba subiendo con calma, sin cansarse de mirar el suelo. Llegó al tercer piso, y picó a la puerta un par de veces, dejando una pausa de unos 15 segundos entre las dos veces que picó. Dedujo que no había nadie, y abrió sin pensárselo dos veces. Dejó la mochila en el recibidor y se dirijió a la cocina, donde bebió un trago de agua fria que le sentó como mano de santo después del sudor de ir andando por la calle una hora y pico. Quedó satisfecho con el trago, y tras quedarse unos segundos con la sensación de frescor del agua, se dirijió a la sala. No era una sala especialmente grande, ni muy amueblada, pero era acogedora, fuera de toda duda. De toda la estancia, el mayor atractivo era un sofá, de cojines grandes y muy cómodos donde se solía tumbar cuando no había nadie. Cuando había gente en su casa, se pasaba el rato encerrado en su habitación. Se dejó caer sobre los cojines y quedó encarado con el techo blanco. Parecía que el techo lo hubiera hechizado, porqué se quedó contemplándolo varios minutos sin hacer ni un gesto. Algo se le empezó a pasar por la cabeza mientras estaba embobado con el color blanco de la superfície que limitaba el espacio vertical de la sala. Se puso a reflexionar sobre su paseo por la calle. Se le empezó a nublar la mente con turbuléncias tempestuosas. La reflexión se desvió a un tono pesimista que le resultaba muy familiar. Su máscara que le encubría ante la sociedad y hacía que las personas le aceptaran ( puesto que en realidad era muy distinto a como se presentaba) se rompió, dejando ver una cara triste y enfadada que manifestaba lo que su portador pensaba. Cansado de cambiar por no ser desplazado, cansado de luchar por designios de otros. Pero en realidad eso eran menudeces. Lo que se le estaba pasando por la cabeza era algo bastante más distinto: Estaba cansado de no sentirse vivo. Estaba perdiendo gradualmente la capacidad de sentir a causa de su falta de felicidad respecto a la vida, respecto a lo que tenía, y lo que le reodeaba. Se reservaba su ilusión por las cosas para su cruel soberana, la sociedad. Para tener algo que contar a alguien que realmente no le importaba, para hacer reir a un grupo de conocidos con tal de no dejar que el ambiente se enfriase, para ir tirando. En cambio, su odio, pena, tristeza y pensamientos reales los reservaba para su gente MÁS cercana. No, no se sentía vivo. Era como si fuera desapareciendo físicamente de un modo constante. Era como si al final sólo fuera a quedar su mente y su cuerpo se fuera a desvanecer, despojándole de sus sentidos, y con ellos, muchas grandes pequeñas cosas que la vida nos esconde, jugando al escondite con nosotros, como una niña pequeña que se ríe a carcajadas cuando la descubres y la pillas. Le invadió una rábia súbita. Le empezaron a arder los poros de la piel i los ojos a salirse de sus órbitas. Los dientes empezaron a rechinar, y frunció en ceño con fuerza. La sangre le hervía y le iba a toda velocidad, como si fueran a reventar los vasos sanguíneos. Cerró los puños hasta el punto de sentir dolor. Se incorporó y quedó sentado, intentando recapacitar. Se calmó un poco, pero aún respiraba muy rápidamente, exhalando bocanadas de aire caliente que parecían contribuir al calentamiento global. El ceño dejó de estar fruncido, y abrió los puños. Otra clase de sentimiento le invadió, pero este no tenía clasifiación. Se levanto y fue hasta la cocina, y abrió el primer cajón que quedaba al lado de la nevera. Sacó un cuchillo y volvió a la sala, pero pasó de largo para ir al baño. Se encerró. Se sentía muy confuso pero sentía la necesidad de hacerlo. Se sentó en la tapa del váter y extendió su brazo derecho, mientras que con el izquierdo sujetaba el cuchillo. Se le volvió a acelerar la respiración, pero la volvió a relajar cerrando los ojos con fuerza. Fue acercando poco a poco el filo a su piel, y lo empezó a introducir. La sangre brotaba, cada vez más, conforme el cuchillo se deslizaba. Sintió dolor. Eso era lo que él quería: DOLOR. La sangre inundó su brazo. No introdujo más el cuchillo. En lugar de eso, se quedó contemplando el rojo brillante de la sangre descenciendo por su brazo. Aquel dolor le dió satisfacción. Le hizo sentir extrañamete vivo. Sonrió con los ojos muy llorosos, contento por sentirse vivo pero triste por el método empleado. Dejó caer el cuchillo al suelo y se puso a llorar descontroladamente. Su cabeza cayó hasta su brazo, donde estaba la sangre, tiñiéndole el pelo de una mezcla de rojo y castaño. Estuvo varios minutos así. Luego, se lavó el pelo, la cara, y se puso papel higiénico alrededor de la herida, haciendo que dejara de sangrar. Recogió el cuchillo y lavó las gotas de sangre que habían caído al suelo, y se fue a su habitación. Se quedó mirando por la ventana hacia las nubes, sentado en su silla de despacho, clavando sus claros ojos en el cielo azul y experimentando un sentimiento de libertad totalmente nuevo... Un sentimiento que le decía que también había un lugar para él en el mundo.

7 comentarios:

Ninfa Poética dijo...

Quizá debería buscar otra clase de mundo, uno más... feliz...

Me gusta como escribes

Ál dijo...

Maybe the world we are living in is just an illusion... If that's so, should we live with more happiness? I hope you will pas around here more often.

P.D: I tried to comment on your blog, but for some unknow reason, I can't write on your last post. See ya'

Ninfa Poética dijo...

you can write, but I have the comments in the option of moderate them, that's why!
You can be sure I'll read you always you post and I can :)

Ál dijo...

Very kind of you, my poethic nymph.

Elizabeth dijo...

Hay historias que siempre se repiten...espero que esta no ;)
Es desconcertante ver como en ocasiones el dolor nos hace sentir mas vivos.

Ál dijo...

O quizás satisfactório?

Elizabeth dijo...

Nada nos satisface eternamente, asi que qualquier cosa sirve para llenar nuestras carencias...solo hay que saber escoger.